Enterrame, vivo, sacame, entrame. Salime. Salí, sacá. Pico, pala, bajada cordón. Te vas, lejos, lejos. Lejos.
Volvé. No, no vuelvas. Hasta ahí. Ahí. No estoy. Dice el señor que no está, que se fue de vacaciones. De invierno. Nieve, frío, lluvia ácida. Lima limón para mi, mozo.
Se fueron todos. El bar vacío y no se me acercan ni para cobrar la cuenta. Cinco cafés, negros, muy negros, al borde del paroxismo racial de los cafés. De Colombia, dice el sobre de azúcar. Las pelotas, sí. El azúcar, claro, no endulza, o sí, pero no lo que tendría que endulzar. Estar solo y ver que ni el pendejo de las estampitas se acerca a la mesa es la más rubricable y efervescente garantía de mi soledad. Gracias, una certeza de vez en cuando viene bien.
A llorar a la iglesia. Pero andá vos; yo paso, gracias. A la iglesia se entra esperanzado, en el mejor de los casos, y se sale llorando, sobre todo si sos monaguillo, sobre todo si te compraste la garantía de por vida de la culpa y la flagelación espiritual y psicológica. Andá a depender de tu muñeco y tu vitral.
Yo te miro de lejos, mientras marchás lápida en mano y me tirás tierra. Un poco más. Amén.


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Habla ahora o calla para siempre.