Despertó con la certeza de que ese día no tendría su rutina de tararear boleros. Solía hacerlo ni bien se levantaba, mientras preparaba el agua para la ducha, mientras programaba la tostadora alemana y la cafetera italiana que pagó en dólares con el medio aguinaldo.
Pero ese día abrió los ojos negros como la noche negra y como primera movida silenció al despertador con la sensación de que ya no quería cantar aquellas melodías apolilladas, al menos en el corto tiempo, al menos durante las próximas horas, quizá hasta después de que volviera del trabajo en la empresa palermitana de diseño web que la tenía en su staff hacía cuatro años.
Se duchó como cada mañana, dejando la toalla sobre el banquito de madera gastada, al costado de la bañera, en el único espacio de la casa que no había terminado de lograr personalidad, que ella no sentía como propio sino como un resto, una resaca de los inquilinos anteriores. Y no, por primera vez en mucho tiempo, no cantó. Se sentía entera aunque resquebrajada, con una intriga en las tripas que no sabía de dónde venía ni mucho menos dónde es que la estaba llevando, como si las pocas horas que pudo dormir en esa noche de tormenta la hubieran desarmado y vuelto a armar, pero con las piezas revueltas, resignificadas.
El alma se va y no vuelve o vuelve cambiada, había leído en un texto de filosofía posmoderna para iniciados. Eso pasaría antes de morir, en algún momento, no importa si muy lejos o muy cerca de que se apague la luz. También había leído que es falso que el alma pesa 21 gramos. Esa es una pelotudez de los divulgadores científicos que nacieron para escribir en las revistas del domingo. Masturbación dialéctica con base legitimada por alguna universidad de prestigio.
Paja.
Se masturbó despacio pero con efecto, con los dedos marchando como soldados, con disciplina prusiana, con un frenesí que no recordaba ni de sus años de adolescencia en el colegio de señoritas de Córdoba.
No se autoestimulaba nunca, ni siquiera cuando extrañaba al único tipo que alguna vez, hace mucho, demasiado, la había hecho sentirse mujer.
Ese día fue distinto. Sin música pero con una sesión de sexo onanista salvaje bajo el agua caliente de esa ducha gigante que compró en cuanto se mudó. El agua casi a punto de hervor recorriéndole la entrepierna la hizo explotar, doblarse hasta tener que apoyar una mano en la pared, pero sin aflojar el vaivén de esos dedos que por momentos no reconocía como propios.
Paja.
De científicos que escriben para revistas del domingo.
De diseñadora de Palermo.
Extasiada, agotada, corrió la cortina blanca con lunares negros y notó que había pasado casi una hora en su sesión de agua y dedos y esponja y jabones y más agua y más dedos y un nivel de jugos corporales que nunca creyó que pudiera llegar a expulsar.
Dos, tres tostadas, manteca, café bien caliente y a punto. Mermelada de arándanos comprada en la autoproclamada Boutique de Sabores frente al trabajo. Pensó en jugar con la jalea un rato antes de irse, de recorrerse, de calentarse en la soledad de una cama que había olvidado lo que son las marcas del goce.
-Hola Marcela, no voy a ir, decile a Esparaberri que me pase un día de vacaciones.
-¿Te sentís bien?
-Sí, pero tengo muchas cosas para hacer acá en casa. Que me pase un día. Beso, mañana nos vemos.
Las estructuras que la persiguieron desde chica,
Hola mamá, hola papá, hola a todos y la reputísima madre que los parió.
la música clásica
Académica.
que tarareaba cada mañana, la sensación de rutina gris pero afable con la que convivía no estaban en el aire de la casa pero había otra cosa, algo que no llegaba a definir pero que se le antojaba como un olor fuerte a cambio, a deuda por saldar. Ese día no iba a ser como el de ayer, ni como los del fin de semana, ni como los del mes pasado, o el anterior, o el otro. Ese era día de quiebre y lo iba a vivir. Se sentía mejor que nunca y al mismo tiempo tenía la impresión de que algo se había roto.
Se vistió como si fuera a salir, pero no a la oficina minimalista en la que diseñaba web sites para empresas que no tenían empleados que pudieran hacer el trabajo. Cobraba razonablemente bien, aunque cuando recordaba los casi cinco años de cursada en Psicología, se pensaba como el fracaso de lo que había soñado ser. Se flagelaba sin golpearse, pero con un nivel de autocrítica despiadado.
-Pero sirvo, siempre me dijeron que era buena, que sabía escuchar, que demostraba interés y pasión por la psiquis del otro. ¿Qué carajo pasó? ¿Qué mierda te pasó, estúpida?
Se encontró insultándose frente al espejo, vestida de fiesta, o de salida informal pero importante, como si tuviera por delante una cita caliente con polvo garantizado.
Tanga lila, blusa, la pollera negra de cuero en la mano izquierda, un zapato taco aguja en la derecha, el otro en el piso. Le gustaba verse despeinada, desarreglada, como después de coger, cuando corría al baño para mirarse y sacarse una foto con la retina, como si los rulos revueltos le sirvieran de testigo, prueba de que la había pasado bien, de que alguien la había sacudido, de que había sacudido a alguien.
Hacía al menos dos años, 730 días sin siquiera unos besos
Húmedos, violentos.
que la ayudaran a humedecer el colchón, las sábanas blancas de seda que su hermanademierda le había regalado con más morbo que afecto. El día que se las compró en el outlet de Arredo lo hizo pensando en los tipos que ella se cogería gracias a las tetas firmes, al culo que no supo del paso de los años, a los labios rojos fuego que le contrastaban con la piel pálida.
Así se lo contó su hermana, detallando cada ítem de los que la llevaron a elegir las sábanas blancas de seda. La bolsa arruinaba un poco la situación, claro, porque en Arredo les gusta que se lea grande lo de OUTLET. Que todos sepan que se pagó menos.
—Qué hija de puta. En un outlet.
Sonrió frente al espejo y trató de borrar la imagen de su hermanademierda con la bolsa de descuento en una mano, y en la otra la del local de Gucci en Recoleta.
—Outlet de hermanas, se dijo y clavó la vista en la imagen que el espejo le devolvía de su entrepierna, como si ella misma fuera su hermana escrutándose el cuerpo que estallaba de sexo entre las sábanas blancas de seda.
Del outlet.
Dejó caer el zapato y la pollera que sujetaba y se recorrió despacio las puntillas de la tanga con las yemas de los dedos de ambas manos. Despacio, descubriendo por primera vez las guardas sutiles, las líneas sin sentido que recorrían la tela y que terminaban inequívocamente en el mismísimo punto de llegada al clítoris.
Se miró a los ojos con fuerza imperativa, profunda. Recorrió lo que había vivido minutos antes bajo la ducha: la sensación de liberación, de jugar a lo que nunca se había permitido ser.
Jugar a ser la puta de alguien.
Pensó en cómo habrían visto esa escena sus padres, su hermanademierda, las preceptoras de Córdoba que treinta años atrás le jodieron la pubertad a fuerza de gritos, amonestaciones, represión disfrazada de normas de conducta.
—Hola mamá, con esta manito me masturbé y acabé como vos no acabaste nunca en tu triste vida. Con estos dedos me metí a Dios en la concha como papá jamás te lo metió a vos. Hola papá, estamos hablando de vos con mami, bañate antes de saludar porque se te nota el olor a sexo. Dale papá, andá, a menos que lo hagas a propósito para que mamá sepa que te no querés aburrir cagándole la vida y preferís darle un poco de vértigo al asunto. ¿Cuánto hace que no coge, profesora? Hola hermanitademierda, la concha de tu madre. Sí, vos, mamá, la pariste vos.
Se sentía con un nivel de liberación y con una posibilidad de catarsis ilimitada, exhumando odios a epíteto limpio. Podía gozar, gritar, tocarse como nunca en áreas de su cuerpo a las que jamás pensó clavarle bandera. Lo había hecho recién y sin embargo la explosión la sentía lejana, como si entre la ducha y ese momento frente al espejo hubieran pasado horas.
Había que hacer algo más con esos dedos, con esa tanga, con ese pubis lampiño y prolijo para la batalla que sin dudas ese día iba a dar por la reconquista del cuerpo. Del suyo, sin outlet, sin mamá y papá, sin hermanademierda, sin preceptoras anorgásmicas hijas de mil puta.
—Tomá diosito, acá la tenés: húmeda y católica.
En cuerpo y alma, aunque el alma hubiera mutado a otra cosa, a otro quien, quizá. A una dimensión que no conocía, que le resultaba salvaje y ajena pero cada segundo más propia.
No se puede ser sin sangre, pensó. No se nace sin dolor, no se construye sin romper.
—Estás naciendo, hija de puta. No es gratis esto.
El espejo le ofrecía una imagen de si misma que nunca creyó encontrar. Tenía el alma en cada poro y la sentía cosquilleándole los pezones, mordiéndolos con fruición. La tanga estaba empapada y ni siquiera había notado el calor que tenía en los muslos. Seguía frotándose con las yemas de los dedos, despacio, con el último resto de culpa que le quedaba. Quizá porque mientras renovaba la excitación que experimentó en la bañera pensaba en el cuadro familiar, eterno, abrasivo.
Mamá, papá, hermanademierda, la amante de papá, las preceptoras. Todos desnudos, atrás de ella, mirándola, espiando ese momento de renacimiento en carne viva, urgente, terminal.
Deslizó la tanga y lo hizo con lentitud zen, poniendo atención al momento en que se despegara de una entrepierna empapada de novedades. Disfrutó sintiendo el roce de la tela mientras se alejaba de ella, la bajó despacio al tiempo que se descubría tan mujer como nunca.
Sonrió, se revolvió el pelo un poco más, se chupó los dedos índice y mayor de la mano derecha y se los hundió.
Hasta el fondo.
Los soldados prusianos, otra vez ahí, haciendo el trabajo sucio que ningún tipo había hecho en dos años, 730 días, 17.500 horas. Dos dedos marchantes sin apuro pero con una firmeza inimaginable, lejos de los links, del código html, de las plantillas. Los dedos que se apoyaban todas las putas mañanas en las teclas de la computadora de diseño obsesivo, estaban librando una batalla final por el renacer de un sexo apagado.
—Cómo te estás encendiendo, maldita, que caliente que estás.
Se observó tirada de costado frente al espejo que reinaba en el medio del living. La alfombra verde, mullida, le sirvió para que no se le enfriara el culo que a esa altura hervía. Se quería mirar, no podía ser que tuviera ya tres dedos adentro y las ganas de ampliar el desafío y llegar hasta donde ya no pudiera más.
—Gritá hija de puta, gritate, cogete hija de puta, es por vos. ¡Es por vos, frustrada de mierda, es por vos, es por vos, muerta, es por vos y por toda la vida que te perdiste! ¡Es por vos, imbécil, por vos! ¡Es por vos!
Los gritos sobresaltaron a los vecinos que practicaban su ritual del desayuno, además despertaron a los que todavía estaban durmiendo cerca de ese departamento del tercer piso en la esquina de Juramento y Arcos, a las 9 de la mañana de un lunes de junio nublado, espeso.
Jugar. Hasta el fondo.
Pasaron dos meses hasta que la hermanademierda terminó de limpiar el monoambiente de Belgrano donde ocho días después de los gritos, los orgasmos y la transformación radical de una mujer gris en busca de un quiebre alguien tiró abajo la puerta principal para conocer los motivos de un olor nauseabundo que aterrorizaba.
La urgencia visceral del renacimiento, del éxtasis, fueron la crónica en vivo y en directo de una consumación terminal. Orgasmo, grito y ejecución. Lo que no había sido llegó para dar el presente y clavar un punto final de sangre a un corazón que se hizo combustible en un día revelador.
Demasiado para una existencia ahuecada por los otros, por el mandato del no serás.
Orgasmo, nirvana y epílogo.
No se puede ser sin sangre. No se construye sin romper.