Idealizamos, amamos, odiamos, rechazamos, negamos, velamos, enterramos, desenterramos, volvemos a idealizar, idolatramos, amamos más que nunca antes, mandamos a fabricar la estampita, levantamos el monumento, lo escupimos, derribamos, barremos, rechazamos, odiamos y volvemos a enterrar.
El lugar del ídolo en Argentina es curioso, sobre todo si se trata de un contemporáneo que, para colmo, cometió la torpeza de no morir en la cumbre y sí en cambio de continuar con su vida de forma errática, a los tumbos, como puede, como le sale, o no le sale. Diego, Eldiez, Diegote, Maradona, Elgordo, Elmejorjugadordelmundo, es el máximo ícono del desacierto en este punto, más incluso que Charly García, que también supo reunir una pléyade de enemigos en los años ochenta, que fueron creciendo en número a medida que sus apariciones públicas se iban poniendo más oscuras o "escandalosas", según gustan decir los comentaristas de la carroña.
Maradona nos dio en Sudáfrica como DT el más disfrutable mundial que una selección de fútbol argentina haya jugado desde aquel interruptus 1990 en Italia. En Europa como jugador, con ese pase mágico que Canigia remató con el golazo que dejó afuera a Brasil (y que provocó un rencor que aún sobrevive en el país vecino). En la tierra de Mandela, en cambio, coordinó un grupo que antes de comenzar el torneo parecía perdido pero que finalmente nos mostró que podía derrochar gracia.
Y así fue, el tipo vivió y nos hizo vivir cuatro victorias plenas de pasión y entusiasmo. Vibramos junto con él, gesticulamos ante los no-goles de Messi y sonreimos así de grande como Tévez, además de algún lagrimón que largamos por Martín, el del barrio.
Pero el tipo cayó, lo hizo de pie, pero los gritos a favor de un mes atrás hoy son puteadas o, en el mejor de los casos, indiferencia siempre a favor de la vereda de enfrente, donde está Julio Grondona, el capo, el jefe, con el que Maradona transó, claro. Pero nuestro Corleone volvió a usar al cebollita y lo descartó ante el primer asomo de rebeldía, ante el primer amague de cortarse solo. A lo Maradona. ¿Porque así lo queríamos, no? Digo, salvo que se trate de viviseccionarlo y quedarnos con lo que nos gusta y borrar, descartar, eliminar el resto.
Esto es nada más que un ejercicio de catarsis moderada, de plantear una insatisfacción por el final amargo y profundizado por la discordia puesta en escena en los últimos días, lo que además de sumirnos en una de esas habituales tragedias de culebrón en las que nos metemos cada tanto, articula (una vez más) lo peor de nuestro panquequismo. Después de los goles, del entusiasmo, de la ilusión (sostenida y bancada entre todos), otra vez tiramos abajo el monumento.